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-Marga, ¿Has visto mi otra
bota?- pregunta Danny, desesperada. Su tía Margaret está hablando por teléfono
desde hace más de una hora y media y ni siquiera se ha dado cuenta de la
presencia de su sobrina.
- ¿Marga, me oyes?
Marga la ignora y sigue hablando por teléfono,
como si Danny no existiera.
- Está bien, tú lo has
querido.
La joven, ya cabreada por que
llega tarde a la cita con su madre, coge el cable del teléfono y lo corta con
las tijeras oxidadas de la cocina. A Margaret se le encienden las mejillas
hasta convertirse en un color rosa
púrpura y luego llega la oleada de gritos que Danny esperaba.
-¡¿PERO QUE HAS HECHO HIJA
DE…?!
Se pasa una mano por la
mejilla para intentar calmarse, pero lo único que consigue es dejarse la cara
llena de arañazos de sus uñas largas y brillantes.
- ¿No ves que era algo
importante, imbécil?
-¿Sabes lo que le pasó a
John? ¡Qué se ve que cortó con su novia para volver con su ex novia Karen!
Chilla Danny, en un torpe
intento de imitar la voz de Marga. Había estado escuchando una parte de la
conversación mientras buscaba su bota negra. Pero como su tía no le hacía ni
caso, decidió llamarle la atención.
- Sí, ya veo, muuuy
importante. Y de lo más interesante.
-¡Cállate! ¡Tú no entiendes
nada! ¡Y si quieres tu puta bota negra, búscate un trabajo y ahorra dinero para
comprarte un par!
Ha tocado el punto débil –entre otros- de Danny:
el dinero. Desde el día en que cumplió once años, están sin blanca. Danny no puede
buscar un trabajo decente, ya que todavía no está suficiente cualificada para
ello. No sabe ni siquiera qué hacer con su futuro, cada vez más próximo, pero
también, al mismo tiempo, lejano.
No se pone a llorar, pero está
a punto de hacerlo. Sube a su habitación, coge el otro –y único- par más o
menos decente que le queda de zapatos y se los pone, aunque no pegan nada con
lo que llevaba puesto, son rojos, y ella va de negro.
Genial.
Coge la bota que sí había
encontrado y la tira por las escaleras, deseando darle a Margaret un buen
porrazo en la cabeza. Agudiza el oído, y tres segundos después se oye la voz de
Marga gritando.
-Pero bueno, ¡esto que es!
¡Lo que me faltaba! ¡Una cría desafiándome en cada momento del día, y que me
corta el teléfono! ¡Y encima me tira su bota negra en las narices! ¡Estoy
harta!
Danny se ríe por lo bajo y
baja las escaleras, cantando una alegre melodía. Cuando se dispone a abrir la
puerta Marga le grita desde la cocina.
- ¿A dónde te crees que vas?
-A ver a mi madre.
Coge la chaqueta que hay en
el perchero y cuando va a coger su bolso con el poco dinero que ha logrado
obtener cuando robó a Marga la semana pasada, se da cuenta de que no está.
-¿Buscas esto?- pregunta
Marga, con el bolso beige en la mano, y con una sonrisa amenazante en el
rostro.
-¡Dámelo!- grita Danny, con
los nervios a flor de piel.
Marga conserva esa calma que
tanto enfurece a Danny y agarra más fuerte el bolso.
-No. Hoy no vas a salir de
casa, estás castigada.
Esa es la gota que colma el
vaso.
-¡¡¿Qué?!! ¡No me puedes
impedir ver a mi madre, además, el gobierno no lo impide, puedo visitarla una
vez al mes! ¡¿Y ahora no me dejas?! ¡Es tu hermana, por el amor de Dios!
Se acerca hasta su tía y le intenta coger el
bolso, pero Marga le pega una bofetada que resuena por toda la casa. Inmediatamente,
Danny se lleva la mano a la mejilla afectada y hace una mueca de dolor.
-Tu madre no me hizo ningún
favor, Danny, solo me trajo problemas.
Su cara no puede ser más fría y distante que
en ese momento.
-Y ahora, sube a tu habitación.
-Dame el bolso.
-No.
-Dame el bolso y subiré a mi
habitación.
Marga, no muy segura de lo que quiere decir
con eso, le da el bolso y la mira con recelo. En ese mismo instante Danny pega
un salto, se escurre de entre los brazos de Marga y abre la puerta que da al exterior,
dispuesta a salir. Desde el fondo se oye a Margaret gritar desesperadamente.
-¡No me puedes hacer esto!
¡No me tienes ningún tipo de respeto, ya veremos quien ríe último!
A Danny se le escapa una risa
sofocada mientras corre calle abajo, echando miradas atrás de vez en cuando
para asegurarse de que Marga no la sigue, aunque ella está segura de que jamás
lo hará.
Segura de si misma, sigue
avanzando.
Mira dentro de su bolso
mientras corre para comprobar que no falta nada.
Que
imbécil es Marga, ni siquiera me ha sacado el monedero.
Llega a la estación de taxis
completamente sofocada, le cuesta respirar después de todo lo que ha corrido. Esperaba
que le llevara tía Marga en coche, pero, tal y como están las cosas, prefiere
no pedírselo y coger un taxi.
La estación es pequeña y
maloliente. Hay polvo por todas partes. Un par de hombres están fumando en una
esquina, haciendo risas y bebiendo unas Heineken.
Espero
que esos no sean los taxistas,
piensa Danny para sus adentros, aunque sin embargo, poco le importa.
Algo más allá hay un grupo de
chicas riendo y sorbiendo coca. Deben ser prostitutas. Llevan unas minifaldas
muy cortas. Unas lilas, otras negras, con medias de lino y unos finos zapatos
de tacón. Sus tops son estrechos, aunque Danny no se fija precisamente en eso.
Unas rubias, otras morenas, algunas con el pelo teñido de azul, esperan pacientes
su turno.
Danny recuerda una frase,
aunque no sabe de quién es. Era algo así como: ¿Quién peca más, la que peca por
la paga o el que paga por pecar?
Recuerda que se hizo un lío
la primera vez que su padre se la recitó...
No quiere pensar en eso. Le
produce demasiado dolor. Siente una punzada en el corazón. Decide ignorarlo.
Busca con la mirada a alguna
persona dispuesta a llevarla a la cárcel para mujeres que está a unas trece
manzanas de allí. Ve a un hombre, apoyado en lo que debe ser su taxi, fumando
un Malboro. Pelo grisáceo, quién sabe cuántas arrugas ocupan su rostro, está
algo regordete, quizá por ese bollo de más, una camisa a cuadros blancos y
beige y unos tejanos oscuros con unas botas negras definen su estilo: cómodo y
práctico. Debe tener unos cuarenta y cinco, aunque a los cincuenta puede llegar
sin problemas. Se acerca a él y le mira sin decir nada. El hombre se aclara la
garganta y pregunta:
-¿A dónde la llevo, guapa?
-Danny.
Danny odia que a los hombres
que la miran de esa manera, sin embargo, le sostiene la mirada.
-Está bien, Danny, ¿dónde
quieres que te lleve?
-A la cárcel de mujeres de
Mayrin Street.
Espera a que el hombre ponga
cara de incredulidad, como hacen la mayoría de personas a las que se lo cuenta,
como a la tía Marga cuando se enteró de que su hermana estaba en la cárcel.
Pero el hombre se dispone a mirarla; se nota el cansancio que lleva encima.
-Eso está muy lejos. ¿A unas
catorce manzanas, no?
-Trece.
Asiente con la cabeza.
-No sé…
Danny se saca un fajo de
billetes de veinte del monedero y se los enseña. Inmediatamente, el hombre sonríe
e invita a Danny a que entre en su pequeño y claustrofóbico taxi.
Le devuelve la sonrisa al mismo
tiempo que cierra la puerta del taxi y contempla su casa, a penas visible desde
allí, recordando la pelea con Marga hace a penas una media hora.
Cuando llegan a la cárcel el
sol se asoma entre las nubes como la inmensa bola de fuego incandescente que es.
Se halla en lo más alto del cielo, por lo que Danny intuye que deben ser las
doce o las doce y media del mediodía. Se baja del taxi, le entrega el dinero al
hombre y se queda observando al coche amarillo mientras se aleja, pensando en
que luego tendrá que volver andando si no encuentra un taxi cerca de la cárcel.
El edificio es bastante
grande, con las paredes pintadas de gris mate y blanco; se parece más a un
hospital psiquiátrico que a una cárcel. La entrada está formada por dos grandes
puertas de metal, de unos siete metros, como las paredes que envuelven la
estancia. Encima de las paredes hay alambres conectados a la corriente eléctrica,
como la mayoría de las cárceles, para evitar que nadie se escape.
Se dirige hacia la entrada,
donde hay dos grandes y fortachones hombres, ¿o son mujeres? Es difícil
saberlo. El primer <<individuo>> se acerca a Danny y le dirige una
mirada perpleja. Tiene unas cejas espesas pero el cutis fino como el culito de
un bebé, y tiene un lunar bastante grueso encima de la barbilla.
-Hola, ¿En que puedo
ayudarle?- pregunta. Es una mujer, se
dice Danny, al comprobar el tono de esa dura voz, que tiene un aire femenino, y
a la vez, autoritario. No es que esté regordeta, si no más bien, es todo
músculo, o al menos, eso parece.
Danny asiente con la cabeza.
-Busco a Elizabeth Carver.
-Oh, sí. La está esperando.
Usted debe de ser su hija.
-Sí, y, por favor, no me
trate de usted.
Fuerza una diminuta sonrisa y
la chica asiente, también sonriendo. Danny se fija en el otro
<<individuo>> y enseguida se da cuenta de que también es una mujer,
y lo sabe por las espesas pestañas alrededor de sus ojos, cubiertas de rimel
negro.
Sigue a la mujer por los
extensos jardines que cubren gran parte del terreno de la cárcel, fijándose en
la cantidad de flores y plantas exóticas que contiene.
No
esta tan mal, para ser una cárcel.
También hay fuentes de agua,
columpios –supongo que para entretenerse, o para cuando vinieran los familiares
de las mujeres- y hasta un cementerio en la parte más apartada. Danny decide no
mirar mucho hacia esa parte.
En vez de eso contempla las
llaves que lleva la mujer, son extrañas, de muchos colores, hay verdes, azules,
plateadas, doradas y hasta moradas.
A
lo mejor cada celda tiene una llave de cada color, se pregunta Danny al mismo tiempo que
observa como la mujer abre la puerta principal que llevará hacia el vestíbulo.
Abre los ojos como platos en
cuánto ve el interior de lo que parece un macabro y oscuro edificio. El
vestíbulo es luminoso y enorme, una lámpara en forma de araña cuelga del techo,
de unos cuatro o cinco metros de altura, la paredes son de un naranja melocotón
claro y hay una escalera en forma de y griega en el centro, donde se subirá a
las habitaciones.
La mujer la conduce hacia una
sala llena de mesas y sillas, Danny supone que es la cafetería; no es tan
lujosa como el vestíbulo, todas las mesas y sillas son de un gris oliváceo
apagado y los manteles… ni siquiera hay manteles.
Cruzan toda la cafetería
hasta que llegan a otra puerta de madera de pino barnizada. Cuando entran ven un
pasillo largo y estrecho. La mujer conduce a Danny por él hasta que llegan a
una puerta de color gris, parece de plástico, pero es de madera. Entran en una
sala dividida por un cristal, donde hay mesas y teléfonos. Y, al otro lado del
cristal, está su madre.
-¡Mamá!
Corre hacia ella, pero el
cristal las separa, así que posa una mano en el cristal, mientras con la otra
mano se seca la lágrima que le está cayendo por la mejilla. Elizabeth también
posa su mano en el cristal, junto a la de Danny y derrama una lágrima.
-No puede oírte desde aquí.
Debes usar el teléfono.- susurra la mujer, un poco incómoda. Danny intuye que
no es de esas que hablan de sentimientos tan fácilmente. Quizá por que sus
relaciones con hombres no le han ido demasiado bien. La verdad, no le importa
nada en ese momento excepto la persona que tiene delante.
Asiente.
Coge el teléfono y su madre hace
lo mismo.
-Hola.
-Vaya, hacía tiempo que no
oía tu voz.
Sonríe al mismo tiempo que cierra
los ojos, como si intentara imaginar su voz, los tiempos que pasaron juntas
hacía ya meses.
Danny también sonríe.
-Bueno, tenéis media hora. Os
dejo.
Danny ve como la mujer cierra
la puerta que da a la cafetería y vuelve la vista a Elizabeth.
-Con eso no tengo
suficiente.- dice Eliza, acariciando el cristal, aunque ella está acariciando
la mano de Danny a través del cristal.
-Yo tampoco. Las cosas
vuelven a ir mal. Te echo de menos.
-Yo también te echo de menos,
y, no me digas eso.
-Lo siento, de veras, pero,
las cosas con Marga van cada vez peor. Quiero que vuelvas a casa.
La mira a los ojos, esos
oscuros ojos marrones que tanto quiere y tanto echa de menos.
-Yo también quiero volver a
casa, pero, mírame, hija. He cometido errores, graves errores de los que ahora
me arrepiento, y que tengo que pagar. Pero cuando salga de aquí, te prometo que
tú y yo vamos a ir a algún lugar. Solas. Para recuperar el tiempo perdido.
Danny sonríe y rompe a
llorar. Desea tanto abrazarla, desea tanto darle un beso, acariciarle ese suave
pelo castaño que cuelga de sus hombros, desea tanto estar junto a ella, sentir
su calor…
-Te quiero.
-Y pese a lo que te he hecho
sufrir, y a hacerte pasar lo peor, ¿me crees si te digo que yo también te
quiero?
-Sí, claro que te creo.
Se sonríen mutuamente. Danny
se besa dedos y los pone en el cristal, y cuando ve que Eliza hace lo mismo,
por un segundo, se siente segura, por un segundo, siente que encaja en este
mundo, por tan solo un segundo, siente que nunca jamás volverá a sentirse mal,
no después de tener a su madre junto a ella.
-Bueno, y, cuéntame. ¿Qué es
lo que va tan mal con la tía Marga?
-No es que vaya <<tan
mal>>, si no que va fatal.
-¿Enserio? ¿Estás bien? Por
favor, dime que lo estás.
Danny se lo piensa antes de
contestar.
No,
claro que no estoy bien,
le quiere decir. Pero en realidad no quiere complicarle las cosas más de la
cuenta a Eliza, de modo que dice un <<Sí>> poco convincente,
forzando una leve sonrisa, y ocultando la angustia que realmente siente.
-No te preocupes, todo se
arreglará, ya lo verás.
Danny asiente mientras ve que
otra lágrima le desciende por la mejilla. Se la seca rápidamente. Su madre la
consuela como si fuera una niña pequeña que acaba de tener una pesadilla.
-Lo sé, ya lo sé.
Aunque ni ella misma esta
segura de lo que acaba de decir.
Un segundo después el alma se
le cae a los pies.
-Ya se acabó el tiempo, lo
siento.
La mujer se encuentra de pie
al lado de la puerta, apoyada sobre un brazo. ¿Cómo es posible que haya pasado
ya media hora? Si casi no he intercambiado palabras con mi madre, ¿Cómo es
posible que pase tan rápido el tiempo con una persona que realmente me importa?
-Adiós.
-Todavía no quiero irme, a
penas he hablado contigo.
Danny baja la vista y se
aparta el pelo de la cara.
-Tienes que irte. Nos vemos
dentro de un mes.
-Adiós.
Y cuelga.
Se dicen adiós con la mano y,
desde dentro del cristal, una encargada coge el brazo de Elizabeth y se la lleva
hacia dentro. Danny ni siquiera se ha levantado de la silla todavía.
Algo le toca en lo más hondo.
Una punzada. ¿En el corazón? Ni ella misma lo sabe. Lo único que sabe es que no
quiere irse de allí. Aún no. Quiere pasar más tiempo con su madre, apaciguar un
poco este dolor que lleva dentro, y si es posible, apaciguar un poco también el
de Elizabeth.
-Vamos.
La voz dura de la mujer la hace
regresar a la realidad. Asiente con la
cabeza y se levanta, dirigiendo una última mirada al asiento donde unos
segundos antes ha estado sentada su madre.
Suspira.
La mujer la acompaña de nuevo
hacia la salida y le dice adiós con la mano mientras Danny se aleja caminando,
a paso lento, pensando en lo que ha ocurrido, las pocas palabras que le ha
dicho a su madre, no le ha contado nada, ni Eliza a ella ni ella a Eliza. Con
media hora no basta para nada.
Las calles están vacías, no
hay nadie, ni un viandante, nada. Seguramente todos estarán comiendo o en sus
oficinas, o quizá saliendo de sus oficinas para ir a comer. En fin.
Al cabo de hora y media llega
a casa de tía Marga, con los pies destrozados de tanto andar, aunque es cuesta
abajo.
Parece que la Cárcel para
Mujeres esté en la cima de la vida.
Suspira.
Echa tanto de menos a su
madre. Cierra los ojos y abre la puerta con la copia de la llave que tiene en
el bolso. Cuando entra ve un par de maletas de color negro y verde oliva. Son bastante
grandes. Frunce el ceño, confusa.
-Tía Marga, ¿para que es todo
esto?
Silencio.
-¿Tía Marga? ¿Margaret?...
¿estás ahí?
Sigue sin obtener ninguna
respuesta. Luego se oyen risas.
Recorre todo el recibidor
hasta llegar al comedor y encuentra a Margaret sentada en el sofá color caoba,
junto a un hombre de mediana edad, de unos cuarenta y muchos o cincuenta y
pocos. Pelo negro apagado, con algunas arrugas y canas de más, y con un bigote
a juego con su pelo: negro y grasiento. Algo regordete, gira su enorme cabezota
hacia Danny, con una mirada curiosa. Se le empieza a formar una coronilla en la
parte superior de la cabeza. Tiene una taza de café en la mano derecha, y con
la otra se seca el sudor de la frente con un pañuelo de tela que ha sacado de
su bolsillo.
Va vestido con unos
pantalones finos grises, una americana gris apagado y una camisa blanca con una
corbata roja debajo.
Están riendo cuando Danny
aparece en la sala. Enseguida que la ven, Marga se pone tensa y se le desvanece
la sonrisa, y el hombre, se levanta y le tiende una mano a Danny.
-Hola, encantado de conocerte
al fin, Danielle.
-Danny.
El hombre sigue con la mano
tendida. Danny mira la mano y luego al hombre, enfurecida, hasta que el hombre
se relaja y la baja.
-Bueno, Daniel, Danny… Me
llamo Blake, Blake Miller. Cuando quieras nos vamos. Si quieres te dejo algo de
tiempo para que, ya sabes, para que te despidas de tu tía y de la casa.
Sonríe y se va, para esperar
en la puerta.
-Esto será una broma, ¿no?-
le grita Danny a Marga. Ésta última baja la cabeza con gesto de disculpa,
incapaz de mirarla a los ojos.- ¿Quieres, quieres que…? ¿Vas a echarme?
-No me tienes ningún tipo de
respeto. Me cortas el teléfono, me tiras las cosas a la cabeza, me engañas, te
escapas de casa corriendo y tengo esa angustia de no saber si vas a volver, me
robas el dinero, me chillas, me desafías.-coge una gran bocanada de aire y
continua:- Yo compro la comida, la ropa, pago el alquiler de la casa sola ya
que tú no buscas trabajo ni haces nada, la mantengo más o menos limpia, recojo
la ropa, la lavo, lavo los platos, tengo que pagarle algo de dinero a mi ex
marido por que lo necesita, y ¿así me lo agradeces?
Rompe a llorar y Danny no sabe
que hacer excepto ponerle una mano sobre el hombro.
-Lo siento.
Marga la mira, con la cara
completamente consumida.
-Si hubieras dicho eso antes,
Danny, si lo hubieras hecho ahora no me sentiría así, y tampoco te tendrías que
haber marchado. Si hubieras demostrado algo de afecto hacia mí, si me hubieras
ayudado con la casa, con el alquiler, te aseguro que esto no habría pasado.-
baja la mirada al suelo.- Pero ahora es demasiado tarde para disculparte. El
daño está hecho, y la decisión tomada, y no pienso cambiar de parecer.
Danny sabe que lo que ha
hecho está mal, ella ya lo sabe. Sabe demasiadas cosas. Pero tiene tanto
carácter que le cuesta controlarlo, y a duras penas puede hacerse callar. Le
salen las palabras de la boca, como un vomito de palabras, y es incapaz de
frenarlo. Si lo que dice te gusta, bien, si no, pues simplemente te aguantas o
te ofendes sin más. Danny no soporta esa faceta de su carácter, pero,
simplemente no puede pararlo, forma parte de ella.
Y ahora siente que le viene,
el vomito, y que será incapaz de hacer nada para pararlo hasta que el daño ya
esté hecho.
-¿Sabes qué? ¡Adelante,
échame! ¿Sabes qué pensé en cuanto vine aquí? Que este lugar sería mejor que
cualquier otro, pero veo que estaba totalmente equivocada. Pensé que sería
genial vivir contigo, ya que no me echarías en cara todos los errores que he
cometido en los dos últimos años, por que eras buena persona, Marga, lo eras.
Pero ya veo que has cambiado. Está bien, no te preocupes más por mí, que ya me
voy, desaparezco de tu vida. Ya no tendrás que soportarme durante más tiempo.
-respira hondo y termina:- Que tengas una vida de lo más feliz, Maggie. Adiós.
En el mismo momento en que
pronuncia la última palabra se arrepiente de todo lo que le ha dicho, desea
abrazarla y quedarse con ella, disculparse todas las veces que sean necesarias
y más todavía, llorar hasta quedarse sin lágrimas, colaborar en todo lo que le sea
posible y decirle lo mucho que la quiere, a pesar de sus enfrentamientos
constantes.
Desea hacerlo todo, pero en
lugar de eso, se gira para no verle el rostro y se va a su habitación para ver
si se ha dejado algo. Y, en efecto, así es.
Su guitarra.
Yace apoyada al lado del que
ya no es su armario, con el culo en el suelo.
Mira con detenimiento a su pequeña Lilly y la
coge. Acaricia la madera barnizada y pulida, las suaves y finas cuerdas de la
guitarra y coge la púa que se ha quedado en el suelo, llamada Pink, ya que es
de color rosa apagado. Se la mete en el bolsillo de sus desgastados vaqueros, y
baja las escaleras.
Blake la espera delante de la
puerta de salida, ahora abierta. Esta transportando sus maletas hacia el coche
negro que tiene enfrente, un Audi A4 bien grande y brillante. De siete plazas,
todo un lujo.
Suspira.
Coge su Levi’s negra y se la
mete, aunque no hace mucho frío, y sale de la casa, cerrando la puerta detrás
de sus espaldas.
Una lágrima le baja por la
mejilla. Se la seca rápidamente antes de que Blake la vea y se mete en el
coche.
-¿A dónde vamos?
Mira por la ventanilla
entreabierta de los cristales tintados, observando lo mucho que se deja atrás:
toda una vida.
-¿Tu tía no te lo ha contado?
-No.
-¿Estas segura?
Danny se queda callada unos
momentos, odiando en cada instante esa pregunta.
-Totalmente.
Danny y Lily. :D