lunes, 30 de abril de 2012

La Chica De La Guitarra-Capítulo 2


2



Danny acaba de desempaquetar su última maleta a las tres y media en punto de la tarde del sábado, el mismo día que ha ido a ir a ver a su madre, el mismo día en que ha tenido una discusión más con su tía, el día en que Marga le ha hecho lo peor que alguien podría haberle hecho jamás: llevarla a un internado de niños pijos donde lo único que sabían hacer era presumir de lo que poseían o lloriquear por si les arañaban su preciosa y gigantesca limusina supercara.

Suspira.

Ha sido un día de lo más raro y horrible. Jamás volvería a ver a su madre, ni a su tía, ni a los pocos amigos que rara vez ve. Jamás volvería a ver su habitación, ni su tocador, ni su cálida y acogedora cama, ni su tele, ni nada.

Se sienta en su nueva cama y sacude la cabeza.

Insegura. Sus pensamientos alocados hacen que le dé vueltas la cabeza.

La habitación no es ni pequeña ni demasiado grande. Las paredes están pintadas de un color naranja muy clarito, como el color del melocotón; hay dos armarios medianos juntos en un rincón de la estancia y un pequeño escritorio en el otro.

El escritorio es de madera de pino, con cuatro cajones en el lado izquierdo y ninguno en el derecho.

Encima tiene que compartir habitación con otra chica, con lo solitaria y rara que es Danny con su manera de hacer las cosas, no soporta la idea de tener otra chica pululando a su alrededor diciéndole lo que tiene que hacer.

Se queda mirando el cuadro dónde salían los tres: su madre, su padre y ella. A penas recuerda a su padre como persona. Recuerda sus ojos azules y sus estrafalarias corbatas, el café que tomaba todas las mañanas. El olor de su colonia barata y su espeso pelo gris.

Pero no recuerda cómo era, cuál era su personalidad, su manera de hacer las cosas ni nada por el estilo.

Suspira.

Hoy ha sido el peor día de su vida.

O al menos uno de los peores.

El día que cumplió los once años también fue uno de los peores, por que su padre le hizo lo peor que un padre puede hacerle a su hija. Y luego, a partir de ese día, veinticinco de Julio, todo empezó a empeorar.

Sacude la cabeza de nuevo. No quiere recordar eso. Su pasado.

Se limita a quedarse sentada en la cama, observando su nuevo cuarto, su nueva cama, su nueva vida. Dirige la mirada hacia la otra cama y ve más o menos cuales son los gustos de la que será su nueva compañera. Le gustan el rosa y el naranja, por los colores que presentan los cojines.

Genial. Una niña repipi.

Suspira.

Le queda un día y poco más para empezar el verano ese asqueroso internado, o al menos, eso cree. ¿Es que acaso pasaría el verano allí? La tía Marga tiene que estar bromeando. Ya sabe que yo odio los internados de todo corazón. Estar encerrada, sin poder salir, eso me asfixia.

Yo quiero libertad, tolerancia, pasar el verano como me dé la gana.

Se queda observando el techo de la habitación hasta que el pomo de la puerta empieza a girar y entra una chica de aspecto joven, probablemente su compañera de cuarto. Es morena, con los ojos oscuros. Alta, modesta, grácil. Se mueve con gracia, enseñando un poco sus caderas, con seguridad. Da un respingo cuando ve a Danny.

-¡Oh! Hola. Tú debes ser la chica nueva. Soy Janice, tu compañera de cuarto.

Le tiende la mano y Danny, a duras penas, se la estrecha.

-Danny.

-Vaya, bonito nombre.

Hace una mueca con la cara como si no haya oído nunca ese nombre en su vida.

-Viene de Danielle, pero odio mi nombre, así que llámame Danny.

-De acuerdo.

Se sienta en la cama y coge un libro cualquiera de los que tiene en su pequeña mesita de noche.

-Veo que te gustan el rosa y el naranja.

Janice levanta la vista del libro y mira sus cojines.

-Oh, ¿te refieres a esto?- suelta una risotada- Son de mi hermana mayor. Es de lo más cursi. Dice que “pegan con mi manera de ser: alegre y optimista”. Pero yo odio estos colores. A mi me gustan el violeta oscuro y el marrón.

Mira a Danny y esboza una pequeña sonrisa.

- ¿Y a ti?

-Em, a mí me gusta el negro. Sí, lo sé. Es un poco gótico, pero es con el que me identifico más.

Hace una pausa y suspira.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Bueno, para mí, cada color tiene un significado distinto: el amarillo, nerviosismo; el naranja, alegría; el rojo, amor; el verde, libertad…- se encoge de hombros.- No sé…

-Adelante, sigue, es interesante.

Danny se ríe por lo bajo y continua.

-El gris, enemistad, el rosa, frustración, el azul, angustia, el marrón, calidez, el blanco, luz, y el violeta, amistad.

-Vaya, eres profunda.- se ríen- ¿Y el negro?

-¿Eh?

-Sí, tu misma has dicho que el negro era con el que te identificabas más.

-Oh, si, bueno.

- ¿Qué significa para ti?

Esa es precisamente la pregunta que Danny quiere evitar. Ni siquiera sabe por qué coño ha sacado el tema.

-Bueno…- se detiene antes de contestar.

Para mí el negro significa soledad, oscuridad, abandono, sufrimiento, pero  sobretodo… rabia.

Oh, sí. Cuánto le gustaría pronunciarle esas palabras para compartir algo de su sufrimiento con otra persona, pero eso es algo egoísta, y ella lo sabe, así que lo deja estar.

Suspira.

Y Janice advierte que en realidad no quiere contestar, quién sabe cual será el motivo, así que decide cambiar de tema para suavizar un poco la situación y para olvidarse de lo dicho.

-¿Has traído tu bañador?

Danny aparta la mirada del techo y abre los ojos como platos, de la sorpresa.

-¿Bañador?

¿Para que necesita un colegio un bañador? Nadie le ha dicho que irán a la playa, de haberlo sabido, se habría comprado uno.

-No te preocupes, he traído cinco. Ya te dejaré un par.

Danny sigue en sus trece.

-¿Pero… entonces vamos a la playa, no?

-¡Bienvenida al mundo, Danny! ¡Claro que vamos a ir a la playa! ¿Para qué si no los bañadores? ¿Para hacer surf en el vestíbulo?

Se ríen. Por un momento son felices. Solo por un momento.

Saca de un cajón una bolsa de caramelos y le ofrece uno a Danny; ésta acepta.

-Gracias.

-No hay de qué.

Se levanta de su cama y se sienta al lado de Danny.

-Oye, ¿qué tal si vamos a ver el panorama?

-No se a qué te refieres.

-A… los chicos. Cada verano vienen diferentes tíos aquí, para matar el tiempo, ya sabes. ¿Vamos a ver si hay alguno que esté bien?

A Danny no le apetece ir, pero no le puede decir que no a esa sonrisa que se asoma por el rostro de Janice, de momento su mejor y única amiga.

-Claro. Vamos.

-¡Guay!

Se dirigen escaleras abajo hasta llegar al vestíbulo principal.



Lo primero que Danny ve es una gigantesca maleta rosa de piel con un neceser más pequeño a juego… ¿Quién se comprará esas cosas tan horteras?

Al ver lo sorprendida que está Danny con aquella maleta, Janice le susurra al oído.

-Estas maletas son de Jenna Jewell, la pija del colegio.

Mira a su alrededor y sigue:

- Conoce a todo el mundo y odia que se rompan las normas, las que ella impone, claro. Párale los pies en cuanto la veas, y serás mi mejor amiga.

-Vaya, claro.

Genial.

A Danny le viene a la cabeza la imagen de la típica chica cursi y femenina que lo ve todo de color rosa y que su papi rico le compra todo lo que ella quiera. Patético.

De repente aparece una chica con el pelo dorado y unos ojos oscuros pintados de rosa y negro.

-Hola. Yo soy Jenna Jewell, pero puedes llamarme Jenny o Jen.

-Ajá…

-Encantada.

-Sí, vale.

-Ah, pues entonces… vale. Hasta luego.

No le presta mucha atención. Jenna se la queda mirando, dubitativa… y algo confusa. Parece que no está muy acostumbrada a que no le presten mucha atención.

Y le tiende la mano. Danny se la queda mirando unos instantes, a propósito, y luego, sin embargo, se la estrecha.

¿Por qué está siendo tan mal educada? Ella no quiere buscarse problemas, pero seguramente no hace falta. Los problemas vienen a ella como si fuera un imán. Y además, la gente como Jewell no le cae demasiado bien, y después de lo que le ha dicho Janice, le parece suficiente como para comportarse como le de la gana con “Jenny o Jen”.

Jenna sonríe, de manera algo falsa, se gira y cuando se dispone a coger su maleta un chico lo hace por ella. Le sonríe y le dice en voz baja lo suficientemente alto como para que Danny pueda oírlo.

-Qué vulgar, la nueva, ¿no?

Genial. Se ha ganado a una enemiga el primer día de colegio. La verdad es que le importa un comino.

Pone los ojos en blanco.

Bueno, de momento no es del todo su enemiga, pero no le cae demasiado bien. Janice se da la vuelta y coge a Danny del brazo, para llevarla a una esquina alejada del vestíbulo. Se está riendo, casi le lloran los ojos. Janice, divertida.

-¡Te quiero! Eres mi nueva heroína.

-¿Qué he hecho?

-No tengo ni idea, pero aún así te quiero.

-¿Me atrevo a preguntar por qué?

-Pues… por qué estaba algo molesta cuando has pasado completamente de ella.

Y sigue riendo.

-No entiendo que te ha hecho esa chica para que la odies así.

-No es lo que me haga o me deje de hacer, es… la manera en que lo hace.

-Explícate mejor.

-Te habla como si fueras inferior a ella, como si fueras un escarabajo y ella fuera la persona que lo pisotea con sus finos zapatos de tacón.

Danny se ríe y la mira a los ojos.

-Odio a ese tipo de gente.

-Sí, yo también.

Qué maja, esta Janice. Empieza a caerle realmente bien.

-Pero aún así creo que deberías darle una oportunidad. No creo que sea mala persona.

Echa una mirada al vestíbulo, donde otro chico está ayudando a Jenna a transportar el equipaje hacia su suite  de lujo.

-O al menos no lo parece.

Las dos estallan a reír y ven como Jenna le hace un gesto pijo con la mano a otro chico para que la ayude –aunque ella perfectamente puede- pero éste la ignora y pasa de largo.

-¿Quién es ese?

Alto, moreno. Los ojos de un color indefinido, puede que verde, puede que no. Seguro de si mismo. Decidido. Con las manos en los bolsillos de esa cazadora oscura. Tejanos y unas Nike color gris. Viste bien, eso sí.

-Oh, es Jeremy Evans. Un chico completamente solitario y raro. No me cae demasiado bien. Es estúpido.

-Ya…

Lo mira unos segundos más y luego sacude la cabeza.

-Oye, tengo ganas de subir a mi habitación, ¿nos vemos luego?

-¿Y que pasa con, ya sabes… el panorama?

Danny se ha olvidado completamente de eso.

-¡Quizá más tarde!

-Pero…

Danny ya ha empezado a subir las escaleras de vuelta a su habitación. Quiere estar unos momentos a solas.

A solas con su guitarra.








miércoles, 11 de abril de 2012

La Chica De La Guitarra: Capítulo 1



1







-Marga, ¿Has visto mi otra bota?- pregunta Danny, desesperada. Su tía Margaret está hablando por teléfono desde hace más de una hora y media y ni siquiera se ha dado cuenta de la presencia de su sobrina.

- ¿Marga, me oyes?

 Marga la ignora y sigue hablando por teléfono, como si Danny no existiera.

- Está bien, tú lo has querido.

La joven, ya cabreada por que llega tarde a la cita con su madre, coge el cable del teléfono y lo corta con las tijeras oxidadas de la cocina. A Margaret se le encienden las mejillas hasta convertirse en un color  rosa púrpura y luego llega la oleada de gritos que Danny esperaba.

-¡¿PERO QUE HAS HECHO HIJA DE…?!

Se pasa una mano por la mejilla para intentar calmarse, pero lo único que consigue es dejarse la cara llena de arañazos de sus uñas largas y brillantes.

- ¿No ves que era algo importante, imbécil?

-¿Sabes lo que le pasó a John? ¡Qué se ve que cortó con su novia para volver con su ex novia Karen!

Chilla Danny, en un torpe intento de imitar la voz de Marga. Había estado escuchando una parte de la conversación mientras buscaba su bota negra. Pero como su tía no le hacía ni caso, decidió llamarle la atención.

- Sí, ya veo, muuuy importante. Y de lo más interesante.

-¡Cállate! ¡Tú no entiendes nada! ¡Y si quieres tu puta bota negra, búscate un trabajo y ahorra dinero para comprarte un par!

 Ha tocado el punto débil –entre otros- de Danny: el dinero. Desde el día en que cumplió once años, están sin blanca. Danny no puede buscar un trabajo decente, ya que todavía no está suficiente cualificada para ello. No sabe ni siquiera qué hacer con su futuro, cada vez más próximo, pero también, al mismo tiempo, lejano.

No se pone a llorar, pero está a punto de hacerlo. Sube a su habitación, coge el otro –y único- par más o menos decente que le queda de zapatos y se los pone, aunque no pegan nada con lo que llevaba puesto, son rojos, y ella va de negro.

Genial.

Coge la bota que sí había encontrado y la tira por las escaleras, deseando darle a Margaret un buen porrazo en la cabeza. Agudiza el oído, y tres segundos después se oye la voz de Marga gritando.

-Pero bueno, ¡esto que es! ¡Lo que me faltaba! ¡Una cría desafiándome en cada momento del día, y que me corta el teléfono! ¡Y encima me tira su bota negra en las narices! ¡Estoy harta!

Danny se ríe por lo bajo y baja las escaleras, cantando una alegre melodía. Cuando se dispone a abrir la puerta Marga le grita desde la cocina.

- ¿A dónde te crees que vas?

-A ver a mi madre.

Coge la chaqueta que hay en el perchero y cuando va a coger su bolso con el poco dinero que ha logrado obtener cuando robó a Marga la semana pasada, se da cuenta de que no está.

-¿Buscas esto?- pregunta Marga, con el bolso beige en la mano, y con una sonrisa amenazante en el rostro.

-¡Dámelo!- grita Danny, con los nervios a flor de piel.

Marga conserva esa calma que tanto enfurece a Danny y agarra más fuerte el bolso.

-No. Hoy no vas a salir de casa, estás castigada.

Esa es la gota que colma el vaso.

-¡¡¿Qué?!! ¡No me puedes impedir ver a mi madre, además, el gobierno no lo impide, puedo visitarla una vez al mes! ¡¿Y ahora no me dejas?! ¡Es tu hermana, por el amor de Dios!

 Se acerca hasta su tía y le intenta coger el bolso, pero Marga le pega una bofetada que resuena por toda la casa. Inmediatamente, Danny se lleva la mano a la mejilla afectada y hace una mueca de dolor.

-Tu madre no me hizo ningún favor, Danny, solo me trajo problemas.

 Su cara no puede ser más fría y distante que en ese momento.

 -Y ahora, sube a tu habitación.

-Dame el bolso.

-No.

-Dame el bolso y subiré a mi habitación.

 Marga, no muy segura de lo que quiere decir con eso, le da el bolso y la mira con recelo. En ese mismo instante Danny pega un salto, se escurre de entre los brazos de Marga y abre la puerta que da al exterior, dispuesta a salir. Desde el fondo se oye a Margaret gritar desesperadamente.

-¡No me puedes hacer esto! ¡No me tienes ningún tipo de respeto, ya veremos quien ríe último!

A Danny se le escapa una risa sofocada mientras corre calle abajo, echando miradas atrás de vez en cuando para asegurarse de que Marga no la sigue, aunque ella está segura de que jamás lo hará.

Segura de si misma, sigue avanzando.

Mira dentro de su bolso mientras corre para comprobar que no falta nada.

Que imbécil es Marga, ni siquiera me ha sacado el monedero.

Llega a la estación de taxis completamente sofocada, le cuesta respirar después de todo lo que ha corrido. Esperaba que le llevara tía Marga en coche, pero, tal y como están las cosas, prefiere no pedírselo y coger un taxi.

La estación es pequeña y maloliente. Hay polvo por todas partes. Un par de hombres están fumando en una esquina, haciendo risas y bebiendo unas Heineken.

Espero que esos no sean los taxistas, piensa Danny para sus adentros, aunque sin embargo, poco le importa.

Algo más allá hay un grupo de chicas riendo y sorbiendo coca. Deben ser prostitutas. Llevan unas minifaldas muy cortas. Unas lilas, otras negras, con medias de lino y unos finos zapatos de tacón. Sus tops son estrechos, aunque Danny no se fija precisamente en eso. Unas rubias, otras morenas, algunas con el pelo teñido de azul, esperan pacientes su turno.

Danny recuerda una frase, aunque no sabe de quién es. Era algo así como: ¿Quién peca más, la que peca por la paga o el que paga por pecar?

Recuerda que se hizo un lío la primera vez que su padre se la recitó...

No quiere pensar en eso. Le produce demasiado dolor. Siente una punzada en el corazón. Decide ignorarlo.

Busca con la mirada a alguna persona dispuesta a llevarla a la cárcel para mujeres que está a unas trece manzanas de allí. Ve a un hombre, apoyado en lo que debe ser su taxi, fumando un Malboro. Pelo grisáceo, quién sabe cuántas arrugas ocupan su rostro, está algo regordete, quizá por ese bollo de más, una camisa a cuadros blancos y beige y unos tejanos oscuros con unas botas negras definen su estilo: cómodo y práctico. Debe tener unos cuarenta y cinco, aunque a los cincuenta puede llegar sin problemas. Se acerca a él y le mira sin decir nada. El hombre se aclara la garganta y pregunta:

-¿A dónde la llevo, guapa?

-Danny.

Danny odia que a los hombres que la miran de esa manera, sin embargo, le sostiene la mirada.

-Está bien, Danny, ¿dónde quieres que te lleve?

-A la cárcel de mujeres de Mayrin Street.

Espera a que el hombre ponga cara de incredulidad, como hacen la mayoría de personas a las que se lo cuenta, como a la tía Marga cuando se enteró de que su hermana estaba en la cárcel. Pero el hombre se dispone a mirarla; se nota el cansancio que lleva encima.

-Eso está muy lejos. ¿A unas catorce manzanas, no?

-Trece.

Asiente con la cabeza.

-No sé…

Danny se saca un fajo de billetes de veinte del monedero y se los enseña. Inmediatamente, el hombre sonríe e invita a Danny a que entre en su pequeño y claustrofóbico taxi.

Le devuelve la sonrisa al mismo tiempo que cierra la puerta del taxi y contempla su casa, a penas visible desde allí, recordando la pelea con Marga hace a penas una media hora.







Cuando llegan a la cárcel el sol se asoma entre las nubes como la inmensa bola de fuego incandescente que es. Se halla en lo más alto del cielo, por lo que Danny intuye que deben ser las doce o las doce y media del mediodía. Se baja del taxi, le entrega el dinero al hombre y se queda observando al coche amarillo mientras se aleja, pensando en que luego tendrá que volver andando si no encuentra un taxi cerca de la cárcel.

El edificio es bastante grande, con las paredes pintadas de gris mate y blanco; se parece más a un hospital psiquiátrico que a una cárcel. La entrada está formada por dos grandes puertas de metal, de unos siete metros, como las paredes que envuelven la estancia. Encima de las paredes hay alambres conectados a la corriente eléctrica, como la mayoría de las cárceles, para evitar que nadie se escape.

Se dirige hacia la entrada, donde hay dos grandes y fortachones hombres, ¿o son mujeres? Es difícil saberlo. El primer <<individuo>> se acerca a Danny y le dirige una mirada perpleja. Tiene unas cejas espesas pero el cutis fino como el culito de un bebé, y tiene un lunar bastante grueso encima de la barbilla.

-Hola, ¿En que puedo ayudarle?- pregunta. Es una mujer, se dice Danny, al comprobar el tono de esa dura voz, que tiene un aire femenino, y a la vez, autoritario. No es que esté regordeta, si no más bien, es todo músculo, o al menos, eso parece.

Danny asiente con la cabeza.

-Busco a Elizabeth Carver.

-Oh, sí. La está esperando. Usted debe de ser su hija.

-Sí, y, por favor, no me trate de usted.

Fuerza una diminuta sonrisa y la chica asiente, también sonriendo. Danny se fija en el otro <<individuo>> y enseguida se da cuenta de que también es una mujer, y lo sabe por las espesas pestañas alrededor de sus ojos, cubiertas de rimel negro.

Sigue a la mujer por los extensos jardines que cubren gran parte del terreno de la cárcel, fijándose en la cantidad de flores y plantas exóticas que contiene.

No esta tan mal, para ser una cárcel.

También hay fuentes de agua, columpios –supongo que para entretenerse, o para cuando vinieran los familiares de las mujeres- y hasta un cementerio en la parte más apartada. Danny decide no mirar mucho hacia esa parte.

En vez de eso contempla las llaves que lleva la mujer, son extrañas, de muchos colores, hay verdes, azules, plateadas, doradas y hasta moradas.

A lo mejor cada celda tiene una llave de cada color, se pregunta Danny al mismo tiempo que observa como la mujer abre la puerta principal que llevará hacia el vestíbulo.

Abre los ojos como platos en cuánto ve el interior de lo que parece un macabro y oscuro edificio. El vestíbulo es luminoso y enorme, una lámpara en forma de araña cuelga del techo, de unos cuatro o cinco metros de altura, la paredes son de un naranja melocotón claro y hay una escalera en forma de y griega en el centro, donde se subirá a las habitaciones.

La mujer la conduce hacia una sala llena de mesas y sillas, Danny supone que es la cafetería; no es tan lujosa como el vestíbulo, todas las mesas y sillas son de un gris oliváceo apagado y los manteles… ni siquiera hay manteles.

Cruzan toda la cafetería hasta que llegan a otra puerta de madera de pino barnizada. Cuando entran ven un pasillo largo y estrecho. La mujer conduce a Danny por él hasta que llegan a una puerta de color gris, parece de plástico, pero es de madera. Entran en una sala dividida por un cristal, donde hay mesas y teléfonos. Y, al otro lado del cristal, está su madre.

-¡Mamá!

Corre hacia ella, pero el cristal las separa, así que posa una mano en el cristal, mientras con la otra mano se seca la lágrima que le está cayendo por la mejilla. Elizabeth también posa su mano en el cristal, junto a la de Danny y derrama una lágrima.

-No puede oírte desde aquí. Debes usar el teléfono.- susurra la mujer, un poco incómoda. Danny intuye que no es de esas que hablan de sentimientos tan fácilmente. Quizá por que sus relaciones con hombres no le han ido demasiado bien. La verdad, no le importa nada en ese momento excepto la persona que tiene delante.

Asiente.

Coge el teléfono y su madre hace lo mismo.

-Hola.

-Vaya, hacía tiempo que no oía tu voz.

Sonríe al mismo tiempo que cierra los ojos, como si intentara imaginar su voz, los tiempos que pasaron juntas hacía ya meses.

Danny también sonríe.

-Bueno, tenéis media hora. Os dejo.

Danny ve como la mujer cierra la puerta que da a la cafetería y vuelve la vista a Elizabeth.

-Con eso no tengo suficiente.- dice Eliza, acariciando el cristal, aunque ella está acariciando la mano de Danny a través del cristal.

-Yo tampoco. Las cosas vuelven a ir mal. Te echo de menos.

-Yo también te echo de menos, y, no me digas eso.

-Lo siento, de veras, pero, las cosas con Marga van cada vez peor. Quiero que vuelvas a casa.

La mira a los ojos, esos oscuros ojos marrones que tanto quiere y tanto echa de menos.

-Yo también quiero volver a casa, pero, mírame, hija. He cometido errores, graves errores de los que ahora me arrepiento, y que tengo que pagar. Pero cuando salga de aquí, te prometo que tú y yo vamos a ir a algún lugar. Solas. Para recuperar el tiempo perdido.

Danny sonríe y rompe a llorar. Desea tanto abrazarla, desea tanto darle un beso, acariciarle ese suave pelo castaño que cuelga de sus hombros, desea tanto estar junto a ella, sentir su calor…

-Te quiero.

-Y pese a lo que te he hecho sufrir, y a hacerte pasar lo peor, ¿me crees si te digo que yo también te quiero?

-Sí, claro que te creo.

Se sonríen mutuamente. Danny se besa dedos y los pone en el cristal, y cuando ve que Eliza hace lo mismo, por un segundo, se siente segura, por un segundo, siente que encaja en este mundo, por tan solo un segundo, siente que nunca jamás volverá a sentirse mal, no después de tener a su madre junto a ella.

-Bueno, y, cuéntame. ¿Qué es lo que va tan mal con la tía Marga?

-No es que vaya <<tan mal>>, si no que va fatal.

-¿Enserio? ¿Estás bien? Por favor, dime que lo estás.

Danny se lo piensa antes de contestar.

No, claro que no estoy bien, le quiere decir. Pero en realidad no quiere complicarle las cosas más de la cuenta a Eliza, de modo que dice un <<Sí>> poco convincente, forzando una leve sonrisa, y ocultando la angustia que realmente siente.

-No te preocupes, todo se arreglará, ya lo verás.

Danny asiente mientras ve que otra lágrima le desciende por la mejilla. Se la seca rápidamente. Su madre la consuela como si fuera una niña pequeña que acaba de tener una pesadilla.

-Lo sé, ya lo sé.

Aunque ni ella misma esta segura de lo que acaba de decir.

Un segundo después el alma se le cae a los pies.

-Ya se acabó el tiempo, lo siento.

La mujer se encuentra de pie al lado de la puerta, apoyada sobre un brazo. ¿Cómo es posible que haya pasado ya media hora? Si casi no he intercambiado palabras con mi madre, ¿Cómo es posible que pase tan rápido el tiempo con una persona que realmente me importa?

-Adiós.

-Todavía no quiero irme, a penas he hablado contigo.

Danny baja la vista y se aparta el pelo de la cara.

-Tienes que irte. Nos vemos dentro de un mes.

-Adiós.

Y cuelga.

Se dicen adiós con la mano y, desde dentro del cristal, una encargada coge el brazo de Elizabeth y se la lleva hacia dentro. Danny ni siquiera se ha levantado de la silla todavía.

Algo le toca en lo más hondo. Una punzada. ¿En el corazón? Ni ella misma lo sabe. Lo único que sabe es que no quiere irse de allí. Aún no. Quiere pasar más tiempo con su madre, apaciguar un poco este dolor que lleva dentro, y si es posible, apaciguar un poco también el de Elizabeth.

-Vamos.

La voz dura de la mujer la hace regresar a la realidad.  Asiente con la cabeza y se levanta, dirigiendo una última mirada al asiento donde unos segundos antes ha estado sentada su madre.

Suspira.

La mujer la acompaña de nuevo hacia la salida y le dice adiós con la mano mientras Danny se aleja caminando, a paso lento, pensando en lo que ha ocurrido, las pocas palabras que le ha dicho a su madre, no le ha contado nada, ni Eliza a ella ni ella a Eliza. Con media hora no basta para nada.

Las calles están vacías, no hay nadie, ni un viandante, nada. Seguramente todos estarán comiendo o en sus oficinas, o quizá saliendo de sus oficinas para ir a comer. En fin.

Al cabo de hora y media llega a casa de tía Marga, con los pies destrozados de tanto andar, aunque es cuesta abajo.

Parece que la Cárcel para Mujeres esté en la cima de la vida.

Suspira.

Echa tanto de menos a su madre. Cierra los ojos y abre la puerta con la copia de la llave que tiene en el bolso. Cuando entra ve un par de maletas de color negro y verde oliva. Son bastante grandes. Frunce el ceño, confusa.

-Tía Marga, ¿para que es todo esto?

Silencio.

-¿Tía Marga? ¿Margaret?... ¿estás ahí?

Sigue sin obtener ninguna respuesta. Luego se oyen risas.

Recorre todo el recibidor hasta llegar al comedor y encuentra a Margaret sentada en el sofá color caoba, junto a un hombre de mediana edad, de unos cuarenta y muchos o cincuenta y pocos. Pelo negro apagado, con algunas arrugas y canas de más, y con un bigote a juego con su pelo: negro y grasiento. Algo regordete, gira su enorme cabezota hacia Danny, con una mirada curiosa. Se le empieza a formar una coronilla en la parte superior de la cabeza. Tiene una taza de café en la mano derecha, y con la otra se seca el sudor de la frente con un pañuelo de tela que ha sacado de su bolsillo.

Va vestido con unos pantalones finos grises, una americana gris apagado y una camisa blanca con una corbata roja debajo.

Están riendo cuando Danny aparece en la sala. Enseguida que la ven, Marga se pone tensa y se le desvanece la sonrisa, y el hombre, se levanta y le tiende una mano a Danny.

-Hola, encantado de conocerte al fin, Danielle.

-Danny.

El hombre sigue con la mano tendida. Danny mira la mano y luego al hombre, enfurecida, hasta que el hombre se relaja y la baja.

-Bueno, Daniel, Danny… Me llamo Blake, Blake Miller. Cuando quieras nos vamos. Si quieres te dejo algo de tiempo para que, ya sabes, para que te despidas de tu tía y de la casa.

Sonríe y se va, para esperar en la puerta.

-Esto será una broma, ¿no?- le grita Danny a Marga. Ésta última baja la cabeza con gesto de disculpa, incapaz de mirarla a los ojos.- ¿Quieres, quieres que…? ¿Vas a echarme?

-No me tienes ningún tipo de respeto. Me cortas el teléfono, me tiras las cosas a la cabeza, me engañas, te escapas de casa corriendo y tengo esa angustia de no saber si vas a volver, me robas el dinero, me chillas, me desafías.-coge una gran bocanada de aire y continua:- Yo compro la comida, la ropa, pago el alquiler de la casa sola ya que tú no buscas trabajo ni haces nada, la mantengo más o menos limpia, recojo la ropa, la lavo, lavo los platos, tengo que pagarle algo de dinero a mi ex marido por que lo necesita, y ¿así me lo agradeces?

Rompe a llorar y Danny no sabe que hacer excepto ponerle una mano sobre el hombro.

-Lo siento.

Marga la mira, con la cara completamente consumida.

-Si hubieras dicho eso antes, Danny, si lo hubieras hecho ahora no me sentiría así, y tampoco te tendrías que haber marchado. Si hubieras demostrado algo de afecto hacia mí, si me hubieras ayudado con la casa, con el alquiler, te aseguro que esto no habría pasado.- baja la mirada al suelo.- Pero ahora es demasiado tarde para disculparte. El daño está hecho, y la decisión tomada, y no pienso cambiar de parecer.

Danny sabe que lo que ha hecho está mal, ella ya lo sabe. Sabe demasiadas cosas. Pero tiene tanto carácter que le cuesta controlarlo, y a duras penas puede hacerse callar. Le salen las palabras de la boca, como un vomito de palabras, y es incapaz de frenarlo. Si lo que dice te gusta, bien, si no, pues simplemente te aguantas o te ofendes sin más. Danny no soporta esa faceta de su carácter, pero, simplemente no puede pararlo, forma parte de ella.

Y ahora siente que le viene, el vomito, y que será incapaz de hacer nada para pararlo hasta que el daño ya esté hecho.

-¿Sabes qué? ¡Adelante, échame! ¿Sabes qué pensé en cuanto vine aquí? Que este lugar sería mejor que cualquier otro, pero veo que estaba totalmente equivocada. Pensé que sería genial vivir contigo, ya que no me echarías en cara todos los errores que he cometido en los dos últimos años, por que eras buena persona, Marga, lo eras. Pero ya veo que has cambiado. Está bien, no te preocupes más por mí, que ya me voy, desaparezco de tu vida. Ya no tendrás que soportarme durante más tiempo. -respira hondo y termina:- Que tengas una vida de lo más feliz, Maggie. Adiós.

En el mismo momento en que pronuncia la última palabra se arrepiente de todo lo que le ha dicho, desea abrazarla y quedarse con ella, disculparse todas las veces que sean necesarias y más todavía, llorar hasta quedarse sin lágrimas, colaborar en todo lo que le sea posible y decirle lo mucho que la quiere, a pesar de sus enfrentamientos constantes.

Desea hacerlo todo, pero en lugar de eso, se gira para no verle el rostro y se va a su habitación para ver si se ha dejado algo. Y, en efecto, así es.

Su guitarra.

Yace apoyada al lado del que ya no es su armario, con el culo en el suelo.

 Mira con detenimiento a su pequeña Lilly y la coge. Acaricia la madera barnizada y pulida, las suaves y finas cuerdas de la guitarra y coge la púa que se ha quedado en el suelo, llamada Pink, ya que es de color rosa apagado. Se la mete en el bolsillo de sus desgastados vaqueros, y baja las escaleras.

Blake la espera delante de la puerta de salida, ahora abierta. Esta transportando sus maletas hacia el coche negro que tiene enfrente, un Audi A4 bien grande y brillante. De siete plazas, todo un lujo.

Suspira.

Coge su Levi’s negra y se la mete, aunque no hace mucho frío, y sale de la casa, cerrando la puerta detrás de sus espaldas.

Una lágrima le baja por la mejilla. Se la seca rápidamente antes de que Blake la vea y se mete en el coche.

-¿A dónde vamos?

Mira por la ventanilla entreabierta de los cristales tintados, observando lo mucho que se deja atrás: toda una vida.

-¿Tu tía no te lo ha contado?

-No.

-¿Estas segura?

Danny se queda callada unos momentos, odiando en cada instante esa pregunta.

-Totalmente.






          Danny y Lily. :D