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Danny acaba de desempaquetar su última maleta a las tres y media en punto de la tarde del sábado, el mismo día que ha ido a ir a ver a su madre, el mismo día en que ha tenido una discusión más con su tía, el día en que Marga le ha hecho lo peor que alguien podría haberle hecho jamás: llevarla a un internado de niños pijos donde lo único que sabían hacer era presumir de lo que poseían o lloriquear por si les arañaban su preciosa y gigantesca limusina supercara.
Suspira.
Ha sido un día de lo más raro
y horrible. Jamás volvería a ver a su madre, ni a su tía, ni a los pocos amigos
que rara vez ve. Jamás volvería a ver su habitación, ni su tocador, ni su
cálida y acogedora cama, ni su tele, ni nada.
Se sienta en su nueva cama y
sacude la cabeza.
Insegura. Sus pensamientos
alocados hacen que le dé vueltas la cabeza.
La habitación no es ni
pequeña ni demasiado grande. Las paredes están pintadas de un color naranja muy
clarito, como el color del melocotón; hay dos armarios medianos juntos en un
rincón de la estancia y un pequeño escritorio en el otro.
El escritorio es de madera de
pino, con cuatro cajones en el lado izquierdo y ninguno en el derecho.
Encima tiene que compartir
habitación con otra chica, con lo solitaria y rara que es Danny con su manera
de hacer las cosas, no soporta la idea de tener otra chica pululando a su
alrededor diciéndole lo que tiene que hacer.
Se queda mirando el cuadro dónde
salían los tres: su madre, su padre y ella. A penas recuerda a su padre como
persona. Recuerda sus ojos azules y sus estrafalarias corbatas, el café que
tomaba todas las mañanas. El olor de su colonia barata y su espeso pelo gris.
Pero no recuerda cómo era,
cuál era su personalidad, su manera de hacer las cosas ni nada por el estilo.
Suspira.
Hoy ha sido el peor día de su
vida.
O al menos uno de los peores.
El día que cumplió los once
años también fue uno de los peores, por que su padre le hizo lo peor que un
padre puede hacerle a su hija. Y luego, a partir de ese día, veinticinco de
Julio, todo empezó a empeorar.
Sacude la cabeza de nuevo. No
quiere recordar eso. Su pasado.
Se limita a quedarse sentada
en la cama, observando su nuevo cuarto, su nueva cama, su nueva vida. Dirige la
mirada hacia la otra cama y ve más o menos cuales son los gustos de la que será
su nueva compañera. Le gustan el rosa y el naranja, por los colores que
presentan los cojines.
Genial. Una niña repipi.
Suspira.
Le queda un día y poco más
para empezar el verano ese asqueroso internado, o al menos, eso cree. ¿Es que
acaso pasaría el verano allí? La tía Marga tiene que estar bromeando. Ya sabe
que yo odio los internados de todo corazón. Estar encerrada, sin poder salir,
eso me asfixia.
Yo quiero libertad,
tolerancia, pasar el verano como me dé la gana.
Se queda observando el techo
de la habitación hasta que el pomo de la puerta empieza a girar y entra una
chica de aspecto joven, probablemente su compañera de cuarto. Es morena, con
los ojos oscuros. Alta, modesta, grácil. Se mueve con gracia, enseñando un poco
sus caderas, con seguridad. Da un respingo cuando ve a Danny.
-¡Oh! Hola. Tú debes ser la
chica nueva. Soy Janice, tu compañera de cuarto.
Le tiende la mano y Danny, a
duras penas, se la estrecha.
-Danny.
-Vaya, bonito nombre.
Hace una mueca con la cara
como si no haya oído nunca ese nombre en su vida.
-Viene de Danielle, pero odio
mi nombre, así que llámame Danny.
-De acuerdo.
Se sienta en la cama y coge
un libro cualquiera de los que tiene en su pequeña mesita de noche.
-Veo que te gustan el rosa y
el naranja.
Janice levanta la vista del
libro y mira sus cojines.
-Oh, ¿te refieres a esto?- suelta
una risotada- Son de mi hermana mayor. Es de lo más cursi. Dice que “pegan con
mi manera de ser: alegre y optimista”. Pero yo odio estos colores. A mi me
gustan el violeta oscuro y el marrón.
Mira a Danny y esboza una
pequeña sonrisa.
- ¿Y a ti?
-Em, a mí me gusta el negro.
Sí, lo sé. Es un poco gótico, pero es con el que me identifico más.
Hace una pausa y suspira.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Bueno, para mí, cada color
tiene un significado distinto: el amarillo, nerviosismo; el naranja, alegría;
el rojo, amor; el verde, libertad…- se encoge de hombros.- No sé…
-Adelante, sigue, es
interesante.
Danny se ríe por lo bajo y
continua.
-El gris, enemistad, el rosa,
frustración, el azul, angustia, el marrón, calidez, el blanco, luz, y el
violeta, amistad.
-Vaya, eres profunda.- se ríen-
¿Y el negro?
-¿Eh?
-Sí, tu misma has dicho que
el negro era con el que te identificabas más.
-Oh, si, bueno.
- ¿Qué significa para ti?
Esa es precisamente la
pregunta que Danny quiere evitar. Ni siquiera sabe por qué coño ha sacado el
tema.
-Bueno…- se detiene antes de
contestar.
Para
mí el negro significa soledad, oscuridad, abandono, sufrimiento, pero sobretodo… rabia.
Oh, sí. Cuánto le gustaría
pronunciarle esas palabras para compartir algo de su sufrimiento con otra
persona, pero eso es algo egoísta, y ella lo sabe, así que lo deja estar.
Suspira.
Y Janice advierte que en
realidad no quiere contestar, quién sabe cual será el motivo, así que decide
cambiar de tema para suavizar un poco la situación y para olvidarse de lo
dicho.
-¿Has traído tu bañador?
Danny aparta la mirada del
techo y abre los ojos como platos, de la sorpresa.
-¿Bañador?
¿Para que necesita un colegio
un bañador? Nadie le ha dicho que irán a la playa, de haberlo sabido, se habría
comprado uno.
-No te preocupes, he traído
cinco. Ya te dejaré un par.
Danny sigue en sus trece.
-¿Pero… entonces vamos a la
playa, no?
-¡Bienvenida al mundo, Danny!
¡Claro que vamos a ir a la playa! ¿Para qué si no los bañadores? ¿Para hacer
surf en el vestíbulo?
Se ríen. Por un momento son
felices. Solo por un momento.
Saca de un cajón una bolsa de
caramelos y le ofrece uno a Danny; ésta acepta.
-Gracias.
-No hay de qué.
Se levanta de su cama y se sienta
al lado de Danny.
-Oye, ¿qué tal si vamos a ver
el panorama?
-No se a qué te refieres.
-A… los chicos. Cada verano
vienen diferentes tíos aquí, para matar el tiempo, ya sabes. ¿Vamos a ver si
hay alguno que esté bien?
A Danny no le apetece ir,
pero no le puede decir que no a esa sonrisa que se asoma por el rostro de Janice,
de momento su mejor y única amiga.
-Claro. Vamos.
-¡Guay!
Se dirigen escaleras abajo
hasta llegar al vestíbulo principal.
Lo primero que Danny ve es
una gigantesca maleta rosa de piel con un neceser más pequeño a juego… ¿Quién
se comprará esas cosas tan horteras?
Al ver lo sorprendida que está
Danny con aquella maleta, Janice le susurra al oído.
-Estas maletas son de Jenna
Jewell, la pija del colegio.
Mira a su alrededor y sigue:
- Conoce a todo el mundo y
odia que se rompan las normas, las que ella impone, claro. Párale los pies en
cuanto la veas, y serás mi mejor amiga.
-Vaya, claro.
Genial.
A Danny le viene a la cabeza
la imagen de la típica chica cursi y femenina que lo ve todo de color rosa y
que su papi rico le compra todo lo que ella quiera. Patético.
De repente aparece una chica
con el pelo dorado y unos ojos oscuros pintados de rosa y negro.
-Hola. Yo soy Jenna Jewell,
pero puedes llamarme Jenny o Jen.
-Ajá…
-Encantada.
-Sí, vale.
-Ah, pues entonces… vale.
Hasta luego.
No le presta mucha atención. Jenna
se la queda mirando, dubitativa… y algo confusa. Parece que no está muy
acostumbrada a que no le presten mucha atención.
Y le tiende la mano. Danny se
la queda mirando unos instantes, a propósito, y luego, sin embargo, se la
estrecha.
¿Por qué está siendo tan mal
educada? Ella no quiere buscarse problemas, pero seguramente no hace falta. Los
problemas vienen a ella como si fuera un imán. Y además, la gente como Jewell
no le cae demasiado bien, y después de lo que le ha dicho Janice, le parece
suficiente como para comportarse como le de la gana con “Jenny o Jen”.
Jenna sonríe, de manera algo
falsa, se gira y cuando se dispone a coger su maleta un chico lo hace por ella.
Le sonríe y le dice en voz baja lo suficientemente alto como para que Danny pueda
oírlo.
-Qué vulgar, la nueva, ¿no?
Genial. Se ha ganado a una
enemiga el primer día de colegio. La
verdad es que le importa un comino.
Pone los ojos en blanco.
Bueno, de momento no es del
todo su enemiga, pero no le cae demasiado bien. Janice se da la vuelta y coge a
Danny del brazo, para llevarla a una esquina alejada del vestíbulo. Se está
riendo, casi le lloran los ojos. Janice, divertida.
-¡Te quiero! Eres mi nueva
heroína.
-¿Qué he hecho?
-No tengo ni idea, pero aún
así te quiero.
-¿Me atrevo a preguntar por
qué?
-Pues… por qué estaba algo
molesta cuando has pasado completamente de ella.
Y sigue riendo.
-No entiendo que te ha hecho
esa chica para que la odies así.
-No es lo que me haga o me
deje de hacer, es… la manera en que lo hace.
-Explícate mejor.
-Te habla como si fueras
inferior a ella, como si fueras un escarabajo y ella fuera la persona que lo
pisotea con sus finos zapatos de tacón.
Danny se ríe y la mira a los
ojos.
-Odio a ese tipo de gente.
-Sí, yo también.
Qué maja, esta Janice.
Empieza a caerle realmente bien.
-Pero aún así creo que deberías
darle una oportunidad. No creo que sea mala persona.
Echa una mirada al vestíbulo,
donde otro chico está ayudando a Jenna a transportar el equipaje hacia su suite de lujo.
-O al menos no lo parece.
Las dos estallan a reír y ven
como Jenna le hace un gesto pijo con la mano a otro chico para que la ayude
–aunque ella perfectamente puede- pero éste la ignora y pasa de largo.
-¿Quién es ese?
Alto, moreno. Los ojos de un
color indefinido, puede que verde, puede que no. Seguro de si mismo. Decidido. Con
las manos en los bolsillos de esa cazadora oscura. Tejanos y unas Nike color
gris. Viste bien, eso sí.
-Oh, es Jeremy Evans. Un
chico completamente solitario y raro. No me cae demasiado bien. Es estúpido.
-Ya…
Lo mira unos segundos más y
luego sacude la cabeza.
-Oye, tengo ganas de subir a
mi habitación, ¿nos vemos luego?
-¿Y que pasa con, ya sabes…
el panorama?
Danny se ha olvidado
completamente de eso.
-¡Quizá más tarde!
-Pero…
Danny ya ha empezado a subir
las escaleras de vuelta a su habitación. Quiere estar unos momentos a solas.
A solas con su guitarra.
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